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Esperanza en el Señor Jesucristo |
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27 de septiembre del 2001
Hermanas y hermanos en Cristo,
Reciban abundancia de gracia y de paz mediante el conocimiento
que tienen de Dios y de Jesús, nuestro Señor.
Compartimos con ustedes el gozo de que Dios Todopoderoso, Creador
del cielo y la tierra, también nos creó a nosotros;
que este mismo Dios vino a la humanidad en Jesucristo para redimirnos
del pecado y crearnos nuevamente; y que Dios, el Espíritu
Santo permanece con nosotros dirigiéndonos hacia la fe
y capacitándonos para una nueva vida.
Las personas cristianas declaran su fe al ser testigos de la
gracia de Dios en Jesucristo, expresando su testimonio en palabras
y obras de acuerdo a la necesidad del momento. En nuestro tiempo,
la Iglesia Presbiteriana (E.U.A.) confiesa su fe a través
de once credos, confesiones y catecismos contenidos en el Libro
de Confesiones. Las confesiones articulan la fe compartida por
la iglesia:En estas declaraciones confesionales la Iglesia declara
a sus miembros y al mundo
quién y qué es ella,
qué es lo que cree,
qué está resuelta a hacer.
Estas declaraciones identifican a la Iglesia como una comunidad
de gente identificada por sus convicciones, así como
por sus acciones. Ellas guían a la Iglesia en su estudio
e interpretación de las Escrituras, compendian la esencia
de la tradición cristiana, dirigen a la Iglesia en el
mantenimiento de doctrinas sanas, equipan a la Iglesia para
su trabajo de proclamación. [Libro de Orden, G2.0100]El
amplio testimonio del Libro de Confesiones es suficiente para
dirigir, instruir y guiar a la iglesia. Sin embargo, esporádicamente
surgen preguntas en la iglesia que llaman a una cuidadosa exposición
de algún aspecto particular de la fe cristiana, llevándonos
hacia el testimonio de las confesiones, para que éstas
iluminen el testimonio único y autoritativo de las Escrituras.
Tales ocasiones no necesitan de una nueva confesión,
sino de una expresión fiel de las enseñanzas que
sean consistentes con las Escrituras y las confesiones. Quizás
así podamos ser ayudados a re-apropiarnos de las afirmaciones
centrales de la fe y a renovar nuestro fiel testimonio en el
mundo.
Recientemente algunas personas dentro de la Iglesia Presbiteriana
(E.U.A.) han expresado su entendimiento de Jesucristo en términos
que otros presbiterianos han considerado se salen de los límites
de las Escrituras y las confesiones de la iglesia. Muchos presbiterianos
no están satisfechos con las respuestas a esta controversia
y muchos han cuestionado la claridad de la afirmación
de la Asamblea General sobre Jesucristo como Señor y
Salvador.
La 213 Asamblea General (2001) solicitó a la Oficina
de Teología y Adoración que ayudara a la iglesia
a entender mejor la riqueza teológica del Señorío
de Jesucristo. La Oficina de Teología y Adoración
ha preparado una exposición concisa de la fe histórica
de la iglesia que también expresa la claridad de nuestras
convicciones. Invitamos a todos los presbiterianos a unirse
a nosotros para reafirmar la fe que nos ha sido impartida a
través del testimonio de la gran nube de testigos.
Que la paz y el amor con fe, esté con toda la comunidad.
La Oficina de Teología y Adoración
Joseph D. Small, Coordinator
Chip Andrus
Theodore A. Gill, Jr.
Sheldon Sorge
Eunice McGarrahan
Charles A. Wiley |
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Esperanza en
el Señor Jesucristo
Les escribimos a ustedes acerca de aquello que ya existía
desde el principio, de lo que hemos oído y de lo que
hemos visto con nuestros propios ojos. Porque lo hemos visto
y lo hemos tocado con nuestras manos. Se trata de la Palabra
de vida. Esta vida se manifestó: nosotros la vimos
y damos testimonio de ella, y les anunciamos a ustedes esta
vida eterna, la cual estaba con el Padre y se nos ha manifestado.
Les anunciamos, pues, lo que hemos visto y oído, para
que ustedes estén unidos con nosotros, como nosotros
estamos unidos con Dios el Padre y con su Hijo Jesucristo.
Escribimos estas cosas para que nuestra alegría sea
completa. [1 Juan 1:1-4]"
Jesús es Señor" Esta declaración
fundamental fue la primera confesión cristiana de fe.
Las Escrituras y nuestras confesiones expanden esta afirmación
básica, dando abundante testimonio de la palabra de vida
revelada en Jesucristo. "La profundidad de la riqueza,
sabiduría y conocimiento de Dios" revelada en Cristo
excede todo lo que pueda contener esta breve exposición.
No podemos decirlo todo, sin embargo hay mucho que podemos decir
con claridad y confianza.
La fe cristiana es una fe trinitaria. Nuestro entendimiento
de Jesucristo es expresado necesariamente dentro de nuestro
entendimiento de "un solo Dios trino, el Santo de Israel
a quien sólo adoramos y servimos". Desde el Credo
Niceno hasta la Breve Declaración de Fe, la iglesia forma
su confesión por el conocimiento certero de la gracia
del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión
del Espíritu Santo. A través de los siglos, las
personas cristianas han orado alrededor de la mesa del Señor
o la fuente bautismal, expresando alabanza de gratitud por la
obra de Dios en la creación, su providencia y la historia
del pacto — seguida de un recuento de acción de
gracias de los actos de salvación en Jesucristo—,
concluyendo con un llamado a la presencia permanente del Espíritu
Santo. Es precisamente a la fe expresada en el credo y la oración
a la que llamamos a todos los presbiterianos para que la expresen
verbalmente y la vivan.
En Jesucristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo
mismo. Jesucristo es Dios con el ser humano. Él es
el Hijo eterno del Padre, quien se hizo hombre y vivió
entre nosotros para cumplir con la obra de la conciliación.
Él está presente en la iglesia por el poder
del Espíritu Santo, para continuar y completar su misión.
Esa obra de Dios, el Padre, Hijo y Espíritu Santo,
es el fundamento de todas las declaraciones confesionales
acerca de Dios, el ser humano y el mundo. [La Confesión
de 1967, 9.07]*
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CREEMOS EN
UN SÓLO DIOS
[Credo Niceno 1.1]*
Nuestra fe está en Dios quien creó el cielo y
la tierra, quien nos formó del polvo, nos dio el aliento
de la vida y nos hizo para que vivamos los unos con los otros
en amor. Nuestra fe en Dios va mas allá de la creencia
generalizada en una deidad abstracta. Confiamos en Dios quien
nos amó y nos buscó, aun cuando nosotros escogimos
el pecado y la muerte en vez de la comunión y la vida.
Somos leales a Dios quien estableció un pacto con nosotros
a través de Abraham y Sara, quien reveló la forma
de vivir fielmente en la ley dada a través de Moisés,
y quien nos llamó a la obediencia a través de
las súplicas de los profetas.
¡Canten al Señor con alegría, habitantes
de toda la tierra!
¡Con alegría adoren al Señor;
¡Con gritos de alegría vengan a su presencia!
Reconozcan que el Señor es Dios;
él nos hizo y somos suyos. [Salmo 100:1-3]
Dios es conocido por nosotros únicamente por su auto-revelación
en palabras y hechos de gracia, amor y comunión. Aunque
el conocimiento completo de Dios está por encima de nuestra
capacidad, y los intentos humanos de imaginarse la naturaleza
divina fácilmente caen en meras reflexiones de nuestros
propios deseos o temores, Dios nos ha revelado la verdad en
Aquel quien es la Verdad. Dios nos es dado a conocer a través
de su presencia gratuita con nosotros en Jesucristo.
En el principio ya existía la Palabra; y aquel que
es la Palabra estaba con Dios y era Dios... Aquel que es la
Palabra se hizo hombre y vivió entre nosotros. Y hemos
visto su gloria, la gloria que recibió del Padre, por
ser su Hijo único, abundante en amor y verdad... Nadie
ha visto jamás a Dios, el Hijo único que es
Dios y que vive en íntima comunión con el Padre,
es quien nos lo ha dado a conocer. [Juan 1:1,14,18]
Así nos unimos con la iglesia a través de los
siglos para afirmar que Dios estaba en Cristo. Dios no es un
desconocido misterioso que permanece velado en una transcendencia
remota. Dios ha venido a nosotros en términos que lo
podemos entender, como un ser humano, Jesús de Nazaret.
La única revelación suficiente de Dios es Jesucristo,
la Palabra encarnada de Dios, de quien el Espíritu
Santo testifica singular y autorizadamente por medio de las
Santas Escrituras, las cuales se reciben y obedecen como la
palabra escrita de Dios. [La Confesión de 1967, 9.27]*
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CREEMOS
EN UN SÓLO SEÑOR JESUCRISTO
[Credo Niceno 1.2]*
A Dios le agradó venir a nosotros en Jesucristo, Emanuel,
Dios con nosotros. Dios no simplemente nos mostró un
camino a seguir, sino que vivió entre nosotros como el
Camino, la Verdad y la Vida. A pesar de que no hemos hecho nada
para merecer el regalo gratuito de Dios, en Jesucristo recibimos
nueva vida, conocemos la verdad sobre Dios y nosotros mismos
y somos conducidos por el camino de Dios en el mundo. Jesucristo
fue y es el camino, porque Jesucristo fue y es:
Dios de Dios, Luz de Luz,
verdadero Dios de verdadero Dios,
engendrado, no hecho,
siendo de una substancia con el Padre [Credo Niceno, 1.2]*
Jesús vino como uno de nosotros, compartiendo nuestros
gozos y nuestros sufrimientos. Proclamó el amor de Dios,
sanó al enfermo, y fue un amigo para los pecadores. Él
continúa revelando la gracia y el amor de Dios, está
entre nosotros haciéndonos íntegros y aun sigue
siendo el amigo de los pecadores. Jesucristo fue y es uno con
nosotros en el sufrimiento y en la muerte. El Señor y
Salvador es Cristo crucificado, en quien la debilidad de Dios
es mas fuerte que la fortaleza humana y la necedad de Dios es
más sabia que la sabiduría humana.
Cristo es la imagen visible de Dios, que es invisible; es
su Hijo primogénito, anterior a todo lo creado... Pues
en Cristo quiso residir todo el poder divino, y por medio
de él Dios reconcilió a todo el universo ordenándolo
hacia él, tanto lo que está en la tierra como
lo que está en el cielo, haciendo la paz mediante la
sangre que Cristo derramó en la cruz. [Colosenses 1:15,
19-20]
La cruz de Cristo está en el corazón de nuestra
fe, porque es a través de la muerte de nuestro Señor
que recibimos nueva vida. El evangelio de Cristo crucificado
es un tesoro que sobrepasa los límites del lenguaje
humano, por eso, la Biblia muestra una riqueza de expresión
que nos lleva a estar agradecidos por el conocimiento y la
fe recibidos.
El acto reconciliador de Dios en Jesucristo es un misterio
que las Escrituras describen de varias maneras. Se le llama
el sacrificio de un cordero, la vida de un pastor entregada
por sus ovejas, la expiación por medio de un sacerdote;
asimismo es el rescate de un esclavo, el pago de una deuda,
la satisfacción vicaria de una condena legal, y la
victoria sobre los poderes del mal. Estas son expresiones
de una verdad que permanece más allá del alcance
de toda teoría, en las profundidades del amor de Dios
por la humanidad. Ellas revelan la gravedad, el precio y la
certera realización de la obra reconciliadora de Dios.
[La Confesión de 1967, 9.09]*
Jesucristo está con nosotros en la vida y en la muerte.
Pero la muerte no es la última palabra, porque Dios lo
ha levantado de entre los muertos y lo ha exaltado sobre todo
poder, autoridad y dominio. El Cristo resucitado es el Señor
viviente del universo. "En Cristo, Dios estaba reconciliando
consigo mismo al mundo" [2 Co. 5:19]. Por amor al mundo
la Palabra se hizo carne; por amor al mundo Jesucristo vive
entre nosotros, fue crucificado y resucitado de entre los muertos.
Por amor al mundo Cristo ascendió al cielo y por amor
al mundo Cristo vendrá de nuevo. Todo esto es el buen
gozo de Dios promulgado en Jesucristo quien "hizo que se
cumpliera el término que había señalado.
Y este designio consiste en que Dios ha querido unir bajo el
mando de Cristo todas las cosas, tanto en el cielo como en la
tierra" [Efesios 1;10].
Enseñamos, pues, y creemos que este Jesucristo, nuestro
Salvador, es el único y eterno Salvador de la raza
humana, y por lo tanto de todo el mundo. En él, por
la fe, son salvos todos aquellos que antes de la Ley, bajo
la Ley y bajo el evangelio fueron salvos y cuantos más
serán salvos al fin del mundo. [La Segunda Confesión
Helvética, 5.077]*
Jesucristo es el único Señor y Salvador, y todos
los humanos en todas partes son llamados a depositar su fe,
esperanza y amor en Él. Nadie es salvo por virtud, bondad
inherente o por vivir admirablemente, porque "por la bondad
de Dios han recibido ustedes la salvación por medio de
la fe. No es esto algo que ustedes mismos hayan conseguido,
sino que es un don de Dios" [Ef. 2:8]. Nadie es salvo aparte
de la redención por la gracia de Dios en Jesucristo.
Sin embargo, no presumimos limitar la libertad soberana de Dios
nuestro Salvador, "pues él quiere que todos se salven
y lleguen a conocer la verdad" [1 Ti. 2:4]. Así,
ni restringimos la gracia de Dios a aquellas personas que profesan
explícitamente su fe en Cristo, ni asumimos que todos
los humanos son salvos sin importar su fe. La gracia, el amor
y la comunión pertenecen a Dios y no está en nosotros
determinarlas.
Pablo, en Romanos 10:27, después de una bella e inteligente
elaboración de su concepto, ampliamente concluye diciendo
"así que la fe es por el oír y el oír,
por la palabra de Dios", que es por la predicación.
Al mismo tiempo reconocemos que Dios puede iluminar a quienes
quiera, aun sin el ministerio externo, porque eso está
en su poder. [La Segunda Confesión Helvética,
5.006, 007]*
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CREEMOS
EN EL ESPÍRITU SANTO, EL SEÑOR Y DADOR DE LA VIDA
[Credo Niceno, 1.3]*
El Espíritu Santo nos une a Cristo, lleva a las personas
redimidas a compartir una vida de alabanza en agradecimiento,
y moldea nuestras vidas en obediencia a la benévola ley
de Dios. El Espíritu forma gente diversa dentro de un
sólo cuerpo de Cristo, dando una variedad de dones que
nos capacitan para construir la iglesia y servir al mundo. El
Espíritu Santo es la presencia permanente de Dios entre
nosotros, equipándonos para proclamar el evangelio, nutrirnos
los unos a los otros en la plenitud de la comunión y
adoración a Dios, para saber y vivir la verdad, cultivar
la justicia, y exhibir al mundo el nuevo Camino del Señor.
Todos los creyentes, al vivir en ellos el Espíritu
Santo, quedan vitalmente unidos a Cristo quien es la cabeza
de la Iglesia, quedando así unidos el uno con el otro
en la Iglesia.... Por el Espíritu Santo, la Iglesia
será preservada, aumentada, purificada y, al final,
hecha perfectamente santa en la presencia de Dios. [La Confesión
de Fe de Westminister 6.054]*
El poder del Espíritu Santo conduce a toda la comunidad
de fe a una vida gozosa y santa, permitiéndonos a cada
uno amoldar nuestras vidas más plenamente a la de Cristo.
Las personas cristianas somos llamadas a vivir por el Espíritu,
abandonando las obras de la carne y recibiendo los frutos del
Espíritu.
Por lo tanto, hermanos míos, les ruego por la misericordia
de Dios que se presenten ustedes mismos como ofrenda viva,
santa y agradable a Dios. Este es el verdadero culto que deben
ofrecer. No vivan ya según los criterios del tiempo
presente; al contrario, cambien su manera de pensar para que
así cambie su manera de vivir y lleguen a conocer la
voluntad de Dios, es decir lo que es bueno, lo que le es grato,
lo que es perfecto. [Romanos 12:1-2]
Dado que la iglesia está fundada y avivada por la presencia
de Jesucristo a través del Espíritu Santo, podemos
estar seguros que es Cristo quien trabaja a través de
la comunidad imperfecta y pecadora de la iglesia. Aun en medio
de nuestro estado de ruptura testificamos que pertenecemos solamente
a Jesucristo. En el poder del Espíritu Santo proclamamos,
en palabra y en obras, el amor de Cristo al mundo.
La Iglesia Cristiana es la congregación de los hermanos
en la cual Jesucristo actúa al presente como el Señor
en la Palabra y el sacramento por medio del Espíritu
Santo. Como la Iglesia de pecadores perdonados, tiene que
testificar en medio de un mundo pecaminoso, con su fe así
como con su obediencia, con su mensaje como con su orden;
que la iglesia es solamente propiedad de él, y que
ella vive y desea vivir sólo por su consolación
y dirección, en la expectativa de su aparición.
[La Declaración Teológica de Barmen, 8.17]*
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UN
SEÑOR, UNA FE
Cada vez que nos reunimos en la fuente bautismal, nos regocijamos
de que Dios le da la bienvenida a otra persona a la confraternidad
con Cristo. En un bautismo, a través del poder del Espíritu
Santo, somos unidos a Jesucristo en su muerte y resurrección.
En un bautismo también nos unimos con nuestras hermanas
y hermanos de la fe alrededor del mundo. Las aguas del bautismo
no pertenecen a la Iglesia Presbiteriana o a ninguna iglesia
en particular. Ellas pertenecen a Dios solamente, y mientras
pasamos a través de estas aguas somos incorporados al
Cuerpo de Cristo que es uno. Ésta es nuestra nueva vida
en Cristo que estamos llamados a celebrar, profundizar y compartir
con el mundo. Hermanos y hermanas, unámonos, para proclamar
el evangelio del amor salvador de Dios en Jesucristo.
Pero ustedes, queridos hermanos, manténganse firmes
en su santísima fe. Oren guiados por el Espíritu
Santo. Consérvense en el amor de Dios y esperen el
día en que nuestro Señor Jesucristo, en su misericordia,
nos dará la vida eterna. [Judas 20-21]
Oficina de Teología y Adoración
Joseph D. Small, Coordinator
Chip Andrus
Theodore A. Gill, Jr.
Sheldon Sorge
Eunice McGarrahan
Charles A. Wiley
*Todas las citas son tomadas del Libro de Confesiones.
Iglesia Presbiteriana (E.U.A.)
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