Miércoles de Ceniza
El Miércoles de Ceniza da comienzo a la Cuaresma con un acto público de confesión y contrición. Reconociendo que todos hemos pecado y estamos destituidos de la gloria de Dios, nos legitimamos como criaturas ante nuestro Creador, plenamente conscientes de nuestra mortalidad. Frente a nuestra fugacidad, nos comprometemos de nuevo a vivir según la Palabra de Dios en Jesucristo, la Palabra eterna que permanece para siempre.
Históricamente, el Miércoles de Ceniza era el momento en que los penitentes se sometían a la disciplina eclesiástica durante la Cuaresma, que culminaba con la reconciliación el Jueves Santo. El Miércoles de Ceniza es también la ocasión en que los aspirantes a discípulados de Cristo, conocidos como catecúmenos, se inscriben en el catecumenado, un tiempo especial de aprendizaje de los fundamentos de la fe como preparación para el bautismo el Domingo de Pascua o durante la Vigilia Pascual. En algunas tradiciones, el Miércoles de Ceniza es un día de ayuno, que inicia el tiempo cuaresmal de ayuno y preparación para los Tres Grandes Días que culminan en la Pascua.
Un tiempo para volver
Un fragmento de Companion to the Book of Common Worship (Geneva Press, 2003, p. 109-110)
La travesía cuaresmal de las cenizas de la muerte a la vida resucitada comienza el primer día de Cuaresma, el Miércoles de Ceniza, que significa un tiempo para dar la vuelta, para cambiar de dirección, para arrepentirse. Este primer día de Cuaresma nos recuerda que, a menos que estemos dispuestos a morir a nuestro viejo yo, no podremos resucitar a una nueva vida con Cristo. El primer paso de esta travesía nos llama a reconocer y afrontar nuestra mortalidad, individual y colectivamente. En muchas tradiciones, esto se simboliza mediante la imposición de cenizas, colocando una cruz en la frente. Durante la imposición de la ceniza se repiten las palabras: "tierra eres y en tierra te convertirás" (Génesis 3:19) se repiten una y otra vez. Debemos recordar que no somos más que criaturas temporales, siempre al borde de la muerte. El Miércoles de Ceniza comenzamos nuestra travesía cuaresmal por el desierto hacia la Pascua.
La ceniza en la frente es un signo de nuestra humanidad y un recordatorio de nuestra mortalidad. La Cuaresma no es cuestión de portarse bien, y llevar ceniza no es hacer alarde de fe. Las cenizas nos recuerdan a nosotros y a nuestras comunidades que somos criaturas finitas. Las cenizas que llevamos en nuestro camino cuaresmal simbolizan el polvo y los escombros rotos de nuestras vidas, así como la realidad de que al final cada uno de nosotros morirá.
Sin embargo, confiando en el "hecho consumado" de la resurrección de Cristo, escuchamos la Palabra de Dios en los relatos consagrados de la travesía cuaresmal de la Iglesia. Seguimos a Jesús al desierto, resistimos la tentación, ayunamos y seguimos "de camino" hacia Jerusalén y la cruz. Nuestra travesía cuaresmal es un camino de metanoia ("dar la vuelta"), de cambio de dirección desde el servicio a uno mismo hacia el camino de entrega de la cruz.